miércoles, 10 de mayo de 2017

Rescue Me | Prólogo

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PRÓLOGO

Era una tarde de lunes bastante calurosa, pero a los dos hombres que se encontraban en aquel elegante despacho, el clima era lo último que les importaba. Ambos se miraban de forma desafiante. Se hacían llamar amigos, pero de ahí, solo el adjetivo. Uno de ellos, Stefan, tenía treinta y cinco años y podría decirse que estaba en el auge de su vida. Tenía una bellísima esposa, Annette, de la misma edad, que era la envidia de muchos y Lucy, su adorable hija de cinco años. El único problema era que el otro hombre, Robert, su "queridísimo amigo" lo estaba destruyendo.
En Septiembre del año anterior, Robert le había hecho un préstamo a Stefan de una gran suma de dinero para hacer una gran inversión en su empresa de tecnología, el problema fue que hizo la inversión en el momento incorrecto. El mercado entró en una gran crisis financiera y con ello, todo se vino abajo. La empresa pasaba por el peor momento y tenía una gran deuda con su amigo que le estaba siendo imposible saldar. Él parecía no comprender lo ocurrido y no quería dar su brazo a torcer. Tenía la soga al cuello, y Robert no hacía más que apretar.
— ¡No puedes hacerlo! —Un gran gritó desesperado salió de la garganta de Stefan. Pasaba sus manos desesperado por su, ya muy desordenado, cabello rubio.
—Sabes que puedo, y que lo haré, por supuesto. Stefan, puede que seas mi amigo, pero negocios son negocios y no has cumplido con la parte que te correspondía. —Robert, con cinismo lo miraba desde un rincón del ostentoso despacho. Tenía una sonrisa de satisfacción en su rostro.
—Sé que sí, pero tú mejor que nadie sabe lo dura que resultó la crisis esta vez. Podrías darme un plazo más o quizá podríamos llegar a un acuerdo. — El sudor caía por la frente del hombre. Sus ojos mostraban claramente la desesperación que sentía, y odiaba saber que eso producía cierto gusto en Robert.
—Stefan… No confío en ti. Ya incumpliste una vez. ¿Qué me asegura que no lo harás de nuevo?
Tristemente, no era la primera vez que tenían esa conversación. Cuando se le venció el primer plazo del pago de la deuda, casi tuvo que arrodillarse ante él para que le diera más tiempo. Y lo logró, pero con un elevado aumento en los intereses. Gran error. Debió haber buscado otra solución en aquel entonces. Ahora, estaba a punto de perder la empresa que con tanto trabajo su familia había sacado adelante. También estaba a punto de perder la vida tal como la conocía. Su esposa estaba furiosa ya que su vida de lujos se había tenido que reducir y si se enteraba de lo crítica que estaba la situación, seguro tendría las maletas lista para que él mismo se marchara.
—Robert, me conoces de siempre. Y si no cumplí no fue porque no se me hubiera dado la gana, sino porque no se lograron los medios para hacer frente a tal pago. —Suspiró. —Mira… Pide lo que tú quieras. Pero no embargues los activos de la empresa. Mi esposa enloquecerá.
A veces le gustaba reflexionar sobre su esposa. Era una bella mujer, siempre con la ambición por delante. La dulzura de su rostro, si se pensaba demasiado en ello, se convertía fácilmente en una expresión perversa, y ¿por qué no decirlo?, bastante provocativa. Aún durante y después del embarazo de su primera y única hija, no había perdido ese toque. Incluso parecía que se había intensificado.
Era rubia, su cabello le caía en ondas sueltas hasta la cintura. Su tez era blanca y suave, toda una Barbie. Sus ojos eran color miel y sus labios un rosa pálido. Tenía un cuerpo de envidia, incluso tras el embarazo que había sido bastante complicado. Era casi lo que se consideraba una mujer perfecta, justo la pareja ideal para un gran empresario joven y atractivo. Stefan media 1.90, solo diez centímetros más que su esposa, rubio y con ojos claros. Tenía un cuerpo perfectamente tonificado, resultado de no perderse ni un solo día en el gimnasio. Eran la pareja perfecta de revistas, pero en la vida real, era todo muy distinto. Ambos tenían la misma edad y tenían en realidad bastante similitudes en su personalidad, eran vanos, les gustaba el dinero y la vida de lujos, lástima que Stefan no fuera lo suficientemente inteligente para mantener ese tipo de vida.
—Papi… Papi… —Una dulce voz, acompañada de una inocente cara, se asomó tímidamente por la puerta del despacho. Stefan le lanzó una mirada de desaprobación, haciendo que la pequeña se encogiera de miedo, aumentando las lágrimas que ya de por sí caían por sus mejillas. Tras ella, estaba Aaron y Adam, los dos amigos de su hija. El primero resultaba ser el hijo de Robert, era un año menor que su hija, y resultaba ser un niño bastante quieto y tímido para su edad. Stefan sospechaba que era resultado de un trato no muy amoroso por parte de sus padres. No sabía mucho de la esposa de Robert, la había visto en muy pocas ocasiones, y realmente no podía decir nada acerca de cómo era la mujer. El otro niño era hijo de los vecinos de la casa siguiente, era el mayor de los infantes y el más alocado. Su hija era como el intermedio de ambos. 
Antes de que Stefan pudiera responderle a su hija, la mirada de Robert se llenó de una intención perversa y su voz áspera llenó la habitación. —Creo que ya sé lo que quiero.  

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Espero que les guste. X 


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