domingo, 4 de junio de 2017

Rescue Me | Capítulo II

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CAPÍTULO II
Inevitablemente todo vino a su cabeza. Comenzó cuando no tenía más de doce años; sus padres llevaban varios meses discutiendo, pero ella no lograba entender nada. Siempre rezaba que no fuera su culpa, sin embargo, siempre lo sentía así. Su padre, que bien no siempre había sido demasiado cariñoso con ella, se comportaba totalmente frío. A veces se ponía tosco, grosero y muchas veces abusivo. Su madre, había sido mucho menos cariñosa que su padre, fue incluso más esquiva y odiosa, aunque nunca llegaba a lastimarla físicamente. La miraban con desprecio, como si fuera una carga, quizá al final de todo sí lo era. Y si la vida no era suficientemente dura para una niña de 12 años, la actitud de sus padres no la mejoró. Incluso habían ignorado su cumpleaños por completo. Tenía miedo, llevaba días sin ver a Aaron, y aunque Adam hacía todo por tranquilizarla, sentía ataques de ansiedad. Lo único bueno de esas semanas, es que Adam no olvidó su cumpleaños, y le había regalado un pequeño brazalete con las iniciales de los tres “A – L – A “
Un día, cuando llegó de la escuela, justo el último día de clases, sus maletas estaban hechas. Pensó que se irían de viaje, aunque le pareció extraño. Recordaba que después de varios años tras la crisis financiera que sufrió la empresa de su padre, cuidaban muy bien los gastos. Quizá ahora sí se sentían lo suficientemente seguros para comenzar a gastar sin miramientos de nuevo. A ella realmente nunca le importó. El dinero siempre le pareció algo tan artificial, incluso de pequeña, lo único que añoraba el cariño de su familia, y asoció el dinero como un obstáculo que no le permitió aquello.
Ahora, ciertamente comprendía más lo que el dinero realmente implicaba, como cualquier adolescente… Casi adulta de 19 años, sentía la importancia de él, y ya que por méritos propios había ganado varios miles, no lo despreciaba. No tanto como lo hacía en aquel tiempo. Sin embargo, mantenía su promesa de que el dinero no la convertiría en un ser despreciable como lo eran sus padres y los amigos de estos, incluso algunos propios. Todos era unos tiburones en los negocios, y harían cualquier cosa y pasarían sobre cualquier persona con tal de obtener lo que querían.
—Madre, ¿nos vamos de viaje? —Le preguntó a su madre, quien iba saliendo de la cocina. Ella le ofreció una sonrisa. Desde aquel momento debió prever que algo iba mal. Pero como niña tonta e inocente que era en aquellos días, tuvo esperanza que finalmente todo iba a mejorar.
—Sí, cariño. Ve a cambiarte rápido. Nos vamos luego de almorzar. —Asintió, y sin rechistar subió corriendo las escaleras hasta su habitación. Su madre, supuso, había dejado ropa lista en su cama, lo cual acertó, así que se cambió lo más rápido que pudo con lo que ella había dejado.
Cuando estuvo lista, bajó y sus padres estaban en el comedor esperándola para almorzar, cosa que no habían hecho en años. Sin embargo, Lucy se sintió feliz. Sin sospecha alguna. Al final Adam tenía razón, y solo estaban pasando por un mal rato. Se sentó en el medio de ambos, bendijeron la mesa con las palabras de sus padres y comenzaron a comer.
—Cuéntame, cariño, ¿qué tal estuvo tu último día hoy? —Le preguntó su padre. Lucy lo pensó mucho antes de responder, tenía miedo de estropearlo todo.
—Bien. Todos mis resultados fueron excelentes. —Sonrió y continuó comiendo. Él asintió con aprobación y siguió comiendo. Pero la curiosidad de la pequeña era grande y tuvo que preguntar. — ¿Puedo saber a dónde iremos? —Bajó rápidamente la vista a su comida, aparentando estar concentrada en cortar el pescado.
—Pasaremos el fin de semana con mi amigo Robert y su familia. —Le respondió su padre. Lucy asintió y siguió comiendo. No le agradaba aquel hombre, pero se había alegrado de que podría ver a Aaron. Siempre recordaba cuando vio a Robert la primera vez. Tenía aproximadamente cinco años, y la había asustado un montón, y aquel día de por sí había sido suficientemente malo. Había estado con Aaron, su hijo, que era un año menor que ella, y esa era la primera vez que veía a uno de sus padres. Y también había estado con Adam, que era un año mayor que ella. A los padres de éste sí los había conocido desde siempre. Muchas veces deseó ser hija de ellos. La trataban con mucho amor.
Una vez terminaron de almorzar, se levantaron y cada quien se dirigió a su habitación. Como ya estaban las maletas listas, Lucy solo cepillo sus dientes, guardó sus objetos de aseo personal, su teléfono, el cargador y un libro. Siempre tenía que llevar un libro consigo. Bajó y ya todo estuvo listo. Se subió al auto con sus padres, y emprendieron el viaje con su padre al volante.
La verdad había sido un fin de semana tranquilo. Aunque le preocupaba su amigo Aaron, quien había estado bastante taciturno, y por lo general era bastante alegre y hablador. Cuando le preguntó al respecto, este solo lo atribuyó a que se sentía algo enfermo. Se mantuvo alejada de Robert y de su esposa, quien tampoco le agradaba nada. No entendía cómo Aaron, quien era amable, humilde y cariñoso, podía ser hijo de aquella pareja.
Y lo siguiente que supo, es que no volvió a hablar con Aaron jamás. Tras volver del fin de semana, con unas vacaciones bastante prometedoras con sus amigos, él poco apareció, pues estaba muy “ocupado” hasta que un día, aquel lamentable día, él desapareció. Un posible secuestro, escuchó alguna vez en las noticias. Pasaba los días llorando en el hombro de Adam, preguntándose como una pareja podía estar tan tranquila con la desaparición de su hijo. Adam le dijo que no todos enfrentaban el dolor de la misma manera, pero ella sabía que era algo más.
Comenzaron a pasar los días, luego las semanas… Los meses. Y luego fueron años. Adam, quien era un año mayor, comenzó a alejarse. Ambos lo hicieron. De alguna forma, estar juntos era el recordatorio de un amigo perdido. Le dolió en lo más profundo, aún le dolía, pero tuvo que seguir adelante. O lo más parecido a eso.
Habían pasado cinco años, justamente hoy se cumplían cinco años. Y quizá era estúpido tener esperanza de que él siguiera con vida, pero cuando su madre dijo “El cuerpo de Aaron” sintió como su mundo se acababa. Durante todos esos años, había pensado en él, rezado porque apareciera, y siendo mayor, que escapara.
—Debe ser un error. No puede ser Aaron. Es imposible. —Fue lo único que pudo decir cuando volvió a la realidad. Se negaba a creerlo. No podía. El dolor que sentía era indescriptible. Más que un amigo, había sido hermano, su compañero de juegos. Habían tenido un vínculo imposible de romper.
—Ya se han hecho todas las pruebas necesarias, señorita. Ahora, debemos hacerle algunas preguntas. —Era obvia la incomodidad del oficial. Dar una noticia como esa no debía ser fácil. Ni con años de práctica. —¿Recuerda la última vez que vio a Aaron? —La pregunta de alguna forma la molestó, y explotó.
—¿NO CREE QUE ES UNA PREGUNTA QUE DEBIÓ HACERME HACE CINCO AÑOS? —Salió de la casa corriendo dando un fuerte portazo. No podía enfrentarse con un interrogatorio en ese momento. Solo cuando fue demasiado tarde, quisieron darle importancia al caso.
Comenzó a caminar sin rumbo, poco a poco se iba escondiendo el sol para dar paso a la noche. Durante un largo rato cayeron lágrimas silenciosas por su cara, hasta que se detuvieron, dejándole seca y cansada. Pero antes que se diera cuenta, llegó a un lugar al que no había ido en un muy largo tiempo. Y sin pensarlo dos veces, tocó el timbre. De alguna manera, le pareció lo correcto.
—Lucy, querida, ¿Eres tú? Hace años que no te veo. ¡Estás hermosa! —Mandy Dunne abrió y la puerta y se sorprendió de ver que no había cambiado mucho. Seguía teniendo esa sonrisa afectuosa que la caracterizaba.

—Es un gusto volver a verla, Sra. Dunne. No quisiera molestar, pero… ¿Se encuentra Adam? 

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